Nunca temprano, nunca tarde, siempre a tiempo.

Cuando alguien se marcha de nuestra vida, ya sea por elección propia o debido a nuestras acciones, nos queda un vacío en el corazón. Un sentimiento de pérdida y la sensación de que falta algo. Si no trabajamos para superarlo, podemos caer en un abismo intentando llenar ese espacio que nadie volverá a ocupar.

Me culpé anteriormente por no darlo todo, por cosas que no eran mi responsabilidad. Solo buscaba una respuesta al dolor y a quien culpar por lo que dejé o dejaron de sentir por mí.

Algunos se enojan con la vida, le reclaman a Dios, culpan al karma cuando las cosas no salen como esperaban. Y comienza el duelo, donde sientes que no valió la pena cada sacrificio y apuesta que hiciste cuando creíste que tus sentimientos eran correspondidos.

Al mirar al pasado, me veo en la oscuridad de mi cuarto, ahogándome en mi dolor. Quisiera poder hacerme visible para decirme a mí mismo que las lágrimas cesarán, que el resentimiento se esfumará, que el rencor caerá en el olvido.

Los diamantes necesitan un proceso de perfeccionamiento para ser lúcidos y valiosos. Así sucede con nuestras malas experiencias: nos perfeccionan, aunque duelan.

Las buenas cosas no llegan temprano porque no estamos preparados, no llegan después porque sería demasiado tarde. Llegan a tiempo.

Hoy, con una nueva visión del futuro y a punto de finalizar el año, nunca me había sentido tan lleno de vida, con más ganas de trabajar para alcanzar mis sueños y abastecido con el mejor combustible necesita el ser humano para ser feliz: AMOR.


Comentarios