SOLEDAD BAJO LETRAS

 

Hace aproximadamente 10 años terminé la universidad. Nunca fui el mejor de la clase debido a que era muy joven en ese entonces y solo vivía buscando diversión para mi vida desenfrenada. Estudiaba faltando treinta minutos antes de las evaluaciones y sacaba la mejor nota. Nunca me he considerado un superdotado o alguien con el coeficiente intelectual demasiado alto como para autodescribirme como alguien que puede fácilmente ridiculizar a una persona que no sabe cuál es la raíz cuadrada de dos.

Mi sueño era convertirme en un periodista como lo fue mi padre, a quien extraño en las noches buscando consuelo ante mi vida vacía. Él me enseñó todo lo que sé y, por tal motivo, siempre sentí que juntos íbamos a lograr ser ese dúo que rompería los esquemas en la prensa escrita. Lamentablemente, lo vi morir frente a mis ojos. Ocho balas me lo quitaron para siempre. Siempre me decía que la verdad era lo primordial, que debíamos cuestionar el poder. “¿Para qué carajos tienes unas manos y una cabeza?”. Había denunciado unos actos de corrupción terribles en la presidencia y, como era de esperarse, servía mejor bajo tierra que en una sala de redacción. Fui un completo idiota en mi vida intentando seguir su legado. Era muy metódico, tenía rabia, rencor en mi alma y quería acabar con todos los que, así se robaran doscientos miserables pesos quedaran expuestos en el periódico donde un día mi padre fue un gran periodista.

El caso de mi vida, el que me iba a dar los premios y reconocimientos, la investigación crucial de mi carrera, era sobre un caso de narcotráfico con el cual una familia política hacía estallar de felicidad a la población con obras, cemento y circo. Pero nunca pudo la fiscalía encontrar delito alguno. Sus abogados lograron justificar cada paso, cada transacción y poder ver por medio de una pantalla los ojos que sin decirme sin decirme una sola palabra me decían: “Te falta mucho, pelao”.

Recuerdo salir ese día del periódico derrotado. Toda mi investigación se fue a la basura y le había dedicado tanto tiempo que simplemente tiré la toalla. Me sentí como un fracasado. Iba a ser el director del periódico, iba a tener todo lo que materialmente soñaba y poder formar una familia con Mónica. Dios… no puedo seguir escribiendo sin que se salgan las lágrimas.

Mónica era mi refugio en las madrugadas mientras ataba cabos sueltos. Era quien me preparaba el café mientras me desvelaba escribiendo mis columnas. La conocí una tarde de vacaciones en Cartagena. Recuerdo llegar con algunos amigos y escuchar una fuerte discusión por el tema de los sobrecostos de una carpa; le estaban cobrando el doble solo por tener apariencia europea. Le dije a ella y a su hermana que se quedaran con nosotros, que ese dinero se lo podrían gastar en lo que quisieran, pero que a cambio nos cuidaran la ropa y las pertenencias. Al ver que tenía una manilla de la universidad sentí que era alguien en quien podía confiar; si me robaba, ya podía iniciar mi búsqueda con el buen olfato de detective que heredé de mi padre.

Ella muy amablemente aceptó. Le pregunté que si estudiaba en la Universidad Jorge Tadeo Lozano y me contestó con una mirada como de alguien queriendo ocultar información de un desconocido. Me presenté y le dije mi nombre:

—Me llamo Andrés de Castro, estudio periodismo en esa misma universidad.

Ella me respondió:

—¿Eres el hijo de… cómo es que se llama… este…?

—Miguel de Castro —le respondí.

—Ah, claro… un placer entonces. Mónica López.

Mis amigos se fueron al mar y su hermana que estaba con ella también. Yo no iba a desperdiciar esa oportunidad de conocer a la mujer más hermosa que había visto en toda mi vida.

Las horas pasaron. Me dejó su correo electrónico, su número de teléfono, el salón y sus horarios de clase por si algún día quería pasar a visitarla, invitarla a comer o beber algo después de clases.

Mónica fue mi gran amor. Llevaba el control de mis notas como un coronel en un batallón. Me decía que era muy brillante, pero muy holgazán. Poco a poco me fui alejando de esa vida nocturna llena de excesos, de tomar hasta olvidarme de los problemas. Mis amigos me decían que me tenía domesticado, que quizás un día de estos me iban a poner en venta en una tienda de mascotas. —Idiotas—. Lo mejor que me pudo pasar en vida tenía nombre y apellido y unos hermosos ojos negros que me hacían caer desmoronado a  sus pies.

Ella me hizo ser mejor estudiante, poder, en medio de mi dolor, encontrar el camino y luchar por lo que juntos planeamos en la terraza de un apartamento que alquilamos en esas largas madrugadas calurosas de estudio en Cartagena.

Mi Mónica se me estaba muriendo, pero nunca tuve los ojos para darme cuenta. En ese largo año de investigación, de lo único que hablaba era de la casa que le iba a comprar, de nuestros futuros hijos, de que no la iba a dejar trabajar, que yo le pagaría ese sueldo para que descansara de ese trabajo que la estaba consumiendo.

Quería luchar por ese ascenso. Mi apellido, mi herencia, me ponían sobre el límite y tenía mucha presión mediática. En lo que siempre pensé fue en llegar al punto rápido y cerrar mi investigación.

Mi Mónica iba a controles médicos todos los meses. Estaba muy obsesionada con su salud, pero algo estaba por pasar. Un cáncer se estaba formando, pero no había maneras humanas de detenerlo. Al asistir todos los meses, solo la acompañaba cuando tenía un espacio libre y era para quedarme dormido en la sala de espera. Quería entrar con ella, pero me decía con su humor sarcástico:

—La gracia es que te cuente cómo me fue.

Lo que no sabía era que me estaba ocultando y, al mismo tiempo, protegiendo de saber que ya poco tiempo le quedaba. Sabía lo importante que era para mi carrera lo que estaba haciendo y no quería ser una piedra de tropiezo, cuando ni en esta ni en otra vida lo sería.

El día del juicio, mientras todo el país estaba a la espera y mis jefes listos para dar la noticia de que, por mi investigación, serían encerradas vacas sagradas de la política local, mi Mónica me despidió con el beso más largo del mundo. Solo en mi mente de estúpido pensaba que esa noche iba a tener mucha acción, motivos para celebrar a lo grande. Los abogados supieron hacer su trabajo y sacar a sus clientes limpios y dejarme sin la posibilidad de celebrar la victoria.

Hubo un silencio en toda la sala de redacción. Nadie habló, no se escuchaba ni una sola tecla de un computador. Solo tomé mis cosas y me fui. Tenía que escribir, pero no tenía las ganas. Cuando estaba en la calle, en un taxi de regreso a casa, recibí la llamada de mi cuñada con voz alterada diciendo que Mónica había muerto. Casi me da un paro cardíaco. Pensé: “Me la mataron, estos malditos me la mataron”.

Llegué a casa cuando pude y vi el dolor de toda su familia en sus caras. Ese fue su último día y, hasta el último, se levantó temprano, entusiasmada. Me preparó el desayuno, me alistó, me sentó en la cama como un niño pequeño siendo peinado por su madre y me besó como nunca.

Desde el primer día que estuvo en el cementerio nunca dejé de visitar su tumba, hasta que fuentes que tenia en al policía me dijeron que huyera de la ciudad, que eso no se quedaría así, todo por tocar a las “vaquitas sagradas” de la política.

Empaqué mis cosas, hablé con la familia de Mónica, desocupamos aquel apartamento donde vivíamos y, entre sus libros, estaba su favorito: El amor en los tiempos del cólera, del gran Gabriel García Márquez. Quería llevármelo en mi próximo exilio, pero noté que en el medio había un papel, y era una carta de mi Mónica, la mujer de mi vida, la que, si yo pudiera, me quedaría enterrado para que siguiera viva.

“Mi amor, hoy tu reina tiene que dejar el castillo en el que tanto soñó estar. Gracias por compartir tu vida con la mía. A veces el amor no es suficiente para mantenerte en este plano, pero de algo sí estoy segura: es que te estaré esperando del otro lado para contar estrellas. Perdóname si en algún momento fui dura contigo, pero ya no tendrás quien se moleste cuando dejes la toalla mojada en la cama. Tengo las noticias esperando el veredicto, pero me siento muy mal, me duele todo el cuerpo y no sé si pueda terminarte de escribir. Eres un gran hombre del cual jamás me arrepentiría de haber conocido. Te amo y siempre ten en cuenta que puede que mi cuerpo no te siga buscando en las mañanas al despertar, pero mi almita se queda contigo para que te abrace cuando ya no esté.”

Hoy, lejos de las cámaras, de los medios, de escribir con un seudónimo columnas de opinión, la extraño mucho. Tengo años sin visitar su tumba y esta noche decidiré si sigo mi vida extrañándola o me voy a contar con ella estrellas por la eternidad…


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